Serie

A bordo del Rompenieves en Snowpiercer

Durante un ciclo cinéfilo de Bong Joon-Ho descubrí la película Snowpiercer y me pareció muy interesante. Más tarde, hace unas semanas, apareció ante mis ojos y los de mi compi un título en Netflix del que ya había dos temporadas y que se llamaba igual. Ni que decir tiene que trataba de lo mismo, pues era otra adaptación más, diferente, como ya lo era el filme del director coreano conocido sobre todo por el Oscar recibido a mejor película con Parásitos, de un cómic homónimo si tomamos en cuenta su traducción al inglés que es de la que es más popular el título a nivel internacional, mientras que en realidad en el original se llama Le Transperceneige, mientras que en España es El rompenieves. No he leído esa obra original franco-belga, pero teniendo en cuenta lo atrapada que me he quedado con la historia tanto desde el punto de vista de lo contado en las dos adaptaciones audiovisuales (que bien poco tenían entre sí, a excepción del tema principal, pero con planteamientos, historias e incluso una cronología difererentes) tengo intención de ponerle solución a eso.

En Snowpiercer se nos cuenta cómo el Planeta, debido al cambio climático, sufrió una glaciación tal que la única solución que les ocurrió para sobrevivir fue construir un tren larguísimo de 1001 vagones que no dejará de circular ni un solo minuto por unas vías que recorrían lo que antes constituía un mundo con sus barreras tanto lingüísticas como a modo de fronteras. La mayoría de lo que conocíamos desapareció para siempre, incluida la mayor parte de la población, ya que no son tantas las personas que cabían en ese tren donde se presentaba una especie de utopía, ya que, al igual que en exterior, había jerarquías y dependiendo de las clases sociales se les atribuye un vagón y un rol, de una manera tan desigual como injusta. Los poderosos explotan a los débiles que lo único que tienen es un plato de la peor comida, mientras los de delante tienen los más deliciosos manjares, fiestas e incluso camarotes privados.

Lo más interesante de Snowpiercer son sus personajes grises. Todos ellos lo son, unos más que otros, de manera que tenemos mucho salseo. Al principio se nos presenta como que lo más importante será llevar a cabo una revolución, pero más adelante descubrimos que había muchos secretos de una índole tan grande en ese tren del señor Wilson que, aunque la mayoría de personajes sigan enfrentados, otros tendrán que formar pactos (temporales o no), por más que no se fíen demasiado los unos de los otros. Cuanto más hacia el negro sean esos tonos de gris, más juego nos dan en la trama y más fácil es que nos llamen la atención. Ahí tenemos brillando con luz propia al personaje que interpreta Jennifer Connelly y, sobre todo, al de Sean Bean, que una vez que haga aparición se comerá la pantalla en cada una de sus escenas.

Es sorprendente cómo se muestra la crueldad del ser humano, pero también su lado bondadoso. Cómo tenemos el amor puro y pasional, así como el retorcido y tóxico. Una serie en la que todo valor y toda emoción aparece con una intensidad que obliga a los personajes a tomar decisiones desesperadas, a buscar salvar el culo intentando seguir sus principios (fueran bueno o malos) o traicionándolos.

No sabemos en qué momento se detendrá el tren. Por ahora hay anunciada una tercera temporada. Ojalá, suponga esto el final o no de Snowpiercer, su marcha no aminore.

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