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Dentro del mundo de Diana Wynne Jones en Earwig y la bruja

Me enteré del estreno de Earwig y la bruja durante la misma semana en que se proyectaría. Tenía constancia de su existencia y de quiénes estaban detrás del proyecto, pero por alguna razón se me había escapado ese dato que logré recabar a tiempo para ir a una de sus salas a disfrutar de este nueva película de Ghibli como se merece: en la gran pantalla y sin distracciones.

Earwig y la bruja es una adaptación del libro homónimo, escrito por Diana Wynne Jones y dirigido a un público infantil. El estudio cuyo logo es Totoro ya había trabajado con un texto de esta misma autora inglesa con El castillo ambulante (Howl’s Moving Castle), aunque ahí la dirección había corrido por parte de Hayao Miyazaki, el padre del director del largometraje más reciente del estudio, es decir, de Goro Miyazaki.

Cuando vi la película no me había leído todavía el libro. Lo hice, literalmente, dos días después. Así, pude comparar ambas versiones de la historia y no sólo puedo decir que la adaptación que se ha realizado es casi un calco del original, sino que incluso es mejor ya que muchas de las descripciones de las escenas eran meros comentarios en el libro y ahora aparecen en la película con mucho mimo e incluso ampliadas dotándola de ritmo y vida.

Earwig es una niña muy traviesa y manipuladora a la que su madre, una bruja, dejó en el orfanato cuando era bebé. Su intención era quedarse toda la vida allí, aunque un buen día, cuando ella tenía 10 años, aparece una peculiar pareja que se interesa por ella y se la lleva a su casa. Se trata de Bella Yaga, que promete convertirse en su madre adoptiva, y Mandrágora, que es un tipo de aspecto sombrío y siniestro al que parece que no le importan ni la decisión de la señora a la que acompañaba ni tampoco esa niña descarada. En cuando entra por la puerta del número 13 de la calle Lima descubre que esa señora de pelo azul enmarañado tenía tanto interés en ella no para darle cariños y unos cuidados especiales, sino para que fuera su ayudante en el trabajo, una pequeña esclava infantil con la que sacar adelante los recados que los vecinos le encomendaban. Mandrágora, por su parte, está muy ocupado con sus crisis creativas y no se mete en lo que hacen las otras habitantes de la casa, siempre y cuando no le molesten y tenga al menos un buen desayuno que llevarse a la boca cada mañana; de las cenas se encarga él a través de un séquito de demonios que siguen sus órdenes. Como la protagonista es revoltosa y poco conformista, no tarda en buscar la manera de salir de esa rutina infernal y que todo le vaya mejor. Para ello contará con la ayuda de Thomas, el gato negro de la bruja, pero a la que teme.

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