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Aterrados con Verónica

Verónica gritando

El otro día, a pocos días del estreno en España, fuimos a ver Verónica al cine. Cuál fue nuestra sorpresa que de repente, poco antes de que comenzara la proyección, con la sala completamente abarrotada, aparecieron el director y la protagonista y tuvieron unas palabras con nosotros, su público. Estos pequeños detalles le hacen a uno muy feliz y se siente muy afortunado cuando de entre todos los cines de Madrid y todas las sesiones disponibles, Paco Plaza y Sandra Escacena justo hubieran escogido ese lugar y ese momento para darnos las gracias por apoyar su película.

No son pocas las veces que he dicho que me fascina el terror. En el propio blog puede verse a través de diversas entradas como: Another, El embarazo de mi hermana, Baba Yaga, The Strain ( y 2ª temporadas), Nocturna, La cumbre escarlata, Stranger Things… vamos, que las historias, vengan en el formato que vengan, son bienvenidas. Me da igual juego, libro, cómic, serie o película, no le hago ascos a nada.

Fui a ver Verónica sin saber nada de ella. No había leído la sinopsis, ni había visto el tráiler ni nada. Solamente había visto un par de carteles promocionales y sabía quién era su director (el mismo de REC y de El segundo nombre). Creía que, debido al título, quizás tenía que ver con la leyenda urbana de la que se hablaba tanto en los 90 (al menos en Madrid) en la que se contaba que si decías Verónica tres veces frente al espejo de noche, ella aparecería y te diría el nombre de tu amor verdadero o la fecha de tu muerte, si estaba de buenas, si no, te mataría directamente. Pero no, aquí, en la película, no había nada que se pareciese a eso. No teníamos un “Verónica al cubo”, aunque pudiéramos escuchar ese nombre en repetidas ocasiones tanto de manera completa como la versión abreviada más cariñosa del mismo. No siempre eran llamamientos agradables, otras veces eran por miedo, por momentos  de ansiedad o porque los fantasmas son muy dados a pronunciar nombres, en la penumbra.

La película trata sobre el Caso Vallecas, el considerado aún, a día de hoy, el único caso archivado por la policía en el que se cree que ocurrieron hechos que se catalogarían dentro de lo paranormal, pues no sabrían cómo explicarlo. Está inspirada libremente en eso, aunque tan solo toma cositas como referencia y tenemos un guión completamente libre, con los hechos acelerados en tres días en lugar de prolongarse durante meses, con una chavala con dos grandes cosas metidas en su cabeza a modo de distracción, para cuando no está cuidando de sus tres hermanos pequeños o asistiendo a sus propias clases en el colegio de monjas. Esas dos ventanas abiertas son: el ocultismo y Héroes del Silencio, de quienes tendremos prácticamente toda la banda sonora con letras que encajan precisamente con la historia que estamos viendo.

Verónica atrapa desde el principio. Se utiliza el recurso de ver parte de lo que sería el final del film para después retroceder en el tiempo y explicársenos cómo se ha llegado a esa situación, lo cual de primeras funciona por sí solo. Paco es muy zorro y ha sabido cómo hacer que tras el efecto de ese pequeño truco, el interés continúe al intercalársenos escenas diarias, con las que cualquiera pudiera sentirse identificado de un modo u otro (o al menos empatizar), junto con elementos de ultratumba y terribles pesadillas que atormentan a esa adolescente que desearía poder hablar con su difunto padre una vez más, razón por la que decide jugar a la ouija junto a dos compañeras de clase.

Sin entrar en detalles, para no spoilear, los momentos de los sustos están muy bien llevados, nadie podría imaginarse lo tenebrosa que puede ser la canción de Centella y las actuaciones de todos son de sobresaliente. De lo mejor que hay ahora mismo en cartelera, totalmente recomendable. Si luego no podéis dormir o estáis obsesionados, eso será buena señal.

Regreso a los 80 con Stranger Things

Logo de Stranger Things.

Hace un año aproximadamente que vi Stranger Things, pero como soy un desastre con patas™ y tenía el blog bastante abandonado, aún no había hablado de esta serie, ya que estaba con lo de los confines de Marvel y, si bien vi Luke Cage y Iron Fist, por alguna razón no me apetecía escribir sobre ellas (especialmente sobre la segunda que, a mi parecer, era bastante mala en comparación a las protagonizadas por los otros superhéroes). Ahora, tras actualizaciones varias e incluso estrenando un nuevo tema para el wordpress, vuelvo con un post sobre mi género predilecto: el terror.

La primera temporada de Stranger Things fue un auténtico boom en las redes sociales el verano pasado, parecía que todo el mundo estuviera suscrito a Netflix y viendo la misma serie de manera simultánea, viajando al pasado a esos años 80 que algunos no han vivido siquiera y que conocen por lo que otros les han contado o por otras obras audiovisuales o literarias. Los 80 son la época de los Gremlins, de Regreso al futuro, de Star Wars (aunque de eso continúa siéndolo ahora con estrenos aquí y allá), de Dentro del Laberinto o de tantas otras obras de culto. También el apogeo de las mejores obras de Stephen King es de esa década (y parte de la siguiente). Todo esto, a modo de referencias, aparece de un modo u otro en Stranger Things donde no sólo tenemos un pueblo con una ambientación ochentera en cuanto a atuendos de los habitantes, gustos, entorno, objetos o música, sino que hay todo tipo de guiños en forma de aspectos visuales o sonoros a esa época en la que por ejemplo nacieron ET o Poltergeist, otras dos cosas más a las que se homenajea brevemente en Stranger Things o como algunos pueden decir en español coloquial en una traducción libre que no existe de manera oficial: cosas raras, movidas extrañas.

En la primera temporada tenemos a unos niños muy espabilados y frikis que le dan una gran importancia a los cromos o a sus reuniones en las que echan la tarde con D&D (Dungeons and Dragons, Dragones y mazmorras) y todo iba bien hasta que empezaron a pasar cosas poco usuales. Para empezar desaparece uno de los chavales del grupo y después tenemos a una niña amnésica que no recuerda ni su propio nombre, a la que el protagonista decide apodar 11, sin ningún tipo de negativa por parte de esa misteriosa niña sobre la que iremos descubriendo cosas poco a poco.

La serie es una de esas pequeñas maravillas que uno no debe perderse, no solo por lo bien realizado que está todo el tema de la ambientación o por sus múltiples referencias a obras de la época en la que se dice que ocurre (1981), sino también porque sus diálogos y su guion son cremita. Ya desde la primera conversación que tienen los niños jugando al rol uno se queda prendado y en el caso mío y de mi marido, ambos exclamamos un: ostras, qué frikis. Completamente asombrados, para bien, ya desde ese mismo momento intuimos que Stranger Things iba a ser una de esas series que encandilan, de las que nos tienen completamente atrapados. No nos equivocábamos. Los poderes de 11, las relaciones entre todos los niños, el papel de Winona Rider… todo era de un genial que abrumaba con tanta fantasía, oscuridad, ruidos misteriosos, guerras infantiles entre los chicos del grupo protagonista y una pequeña banda de delincuentes infantiles del mismo curso que ellos…

Pronto se estrenará la segunda temporada, este mismo otoño, y si bien quedaba completamente cerrada la historia de Will y todos quedábamos contentos también con lo concerniente a 11, fijo que la vida de Mike y sus amigos vuelve a ser de lo más interesante y otra vez quedamos atrapados en la oscuridad, en la dimensión de la propia serie, lejos de nuestro plano, aunque prácticamente pudiéndolo tocar.

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