Películas de Harry Potter

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El blog dormía por un hechizo de sueño lanzado por Lord Voldemort, un hechicero muy ducho en las artes oscuras al que conocí hace unos meses cuando en casa nos decidimos a hacer una maratón de todas las películas de Harry Potter, a quien había mantenido al margen de mi vida hasta ese momento, desconociendo que podría pertenecer a un nuevo fandom y adorar tantísimo la casa de Griffindor, con su león y su fondo rojo, con sus integrantes y que incluso, alguien en un bando con una serpiente como emblema puede ser increíble.

Las ocho películas (una por cada libro, menos en el último que lo dividieron en dos filmes) me engancharon cosa mala, las aventuras en Hogwarts, los animales salvajes de Hagrid, la personalidad de los distintos personajes… pero sobre todo las puestas en escena, vestuario, fondos y todas las características ligadas a este formato, frente “al papel”, me hacían adorar a Hermione y Snape, precisamente los papeles interpretados por los dos actores a los que conocía bien de muchas otras películas.

Hay quienes dicen que las películas de Harry Potter no valen nada, pero, como digo, a mí (y a mi amorcito) nos encantó ver cómo iban pasando de curso, qué nuevas amenazas había alrededor de Harry y hasta qué punto aquel que no debe ser nombrado acojonaba a los demás, debilitándolos haciendo uso del poder de la palabra, algo que también resultó ser importante, tiempo después en Dr. Who, aunque ahí lo viera primero.

Los caramelos de todos los sabores, los dementores, el padrino de Harry, los Dursley, etc. me han hecho muy feliz y han provocado que incluso ahora esté leyendo una saga por la que antes no me había sentido muy interesada, en parte por la pesadez ya extrema de la gente diciendo que debía acercarme a ella, casi obligándome a ello.

Arrastrados por los vicios de ‘Californication’

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En menos de dos semanas nos ventilamos en casa la serie Californication que vimos desde un servicio de streaming al que estamos sacando un enorme provecho.

Esta serie, protagonizada por el protagonista de Expediente X, deja claro que David Duchovny no está nada encasillado a pesar de haber estado tantísimos años haciendo el papel de inspector pavisoso rodeado siempre de casos paranormales y, de hecho, Hank Moody, el protagonista de esta historia no se parece en nada a lo que muchos estábamos acostumbrados a ver de él, pero es que tampoco es un personaje que uno se encuentre en muchas historias, ya que es un despojo, pero al mismo tiempo un caballero.

Hank Moody es un escritor vagorro, fiestero, con adicción por el sexo y sobre todo, un completo enamorado de su chica y un auténtico amante de la figura de la mujer y no solo por llevarse a todas las que puede a la cama, sino también por el enorme respeto que siente por ellas porque aunque se pase la vida metiendo la pata y se meta en muchos fregados, es un hombre fiel siempre que está con alguien, a pesar de su adicción, y es también feminista, todo un luchador a su modo de la igualdad que no duda en defender por ejemplo a una prostituta, porque considera que ni el ser mujer ni su trabajo son sinónimo de que otro se aproveche de ella.

La serie entera gira en torno a este personaje, a su relación con Karen que tan pronto están juntos como separados, casi siempre por malentendidos, aunque a veces también porque ella es un poquito cabrona. Y también tenemos siempre ahí algo que está ligado estrechamente con Hank, su representante y la mujer de éste.

Siempre en tono de humor, con títulos de episodios con nombre de canción de Rock&Roll (y el de la propia seria también, haciendo referencia a la canción y disco “Californication” de Red Hot Chili Peppers, y que tanto le pega por aquello de que es en California y se fornica muchísimo) veremos cientos de situaciones desternillantes e interesantes de uno de los mejores personajes de ficción, porque el que no sea una serie coral tampoco es malo (ahí tenemos al Dr. House).

La adicción hacia Californication una vez que uno empieza a verla es comparable a la de Hank por el alcohol, las drogas o el sexo porque los diálogos y escenas son tan interesantes en cada una de las temporadas (salvo en la última que a mi parecer sobra por completo y quedaba cerrado todo bien sin meter el efecto culebrónico de la nada) que lo más normal es que si os ponéis a verla también busquéis siempre hueco de donde sea o la metáis de fondo mientras realizáis otras actividades porque es muy grande.

Si tenéis problemas con lo sexual y para vosotros es un tabú, entonces mejor que os mantengáis alejados de algo tan lleno de escenas de cama, chistes picantes y filias de todo tipo, pero no es algo pornográfico y explícito, sino que es una serie de humor que trata sobre ese tema abiertamente.

Cómo evolucionan los personajes que rodean a Hank, junto con él mismo, o los momentos de flashback para comprender mejor el presente al conocer el pasado también molan mucho, ¡si es que no puedo decir nada malo de esta serie, porque lo pasé tan bien con ella!

De verdad que si podéis, echadle un ojo porque es una pequeña joyita que puede pasar desapercibida.

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Nieve teñida de sangre en ‘La cumbre escarlata’

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El año pasado estuve durante meses mirando cada cartel, y repitiendo una y otra vez la fecha del estreno de “La Cumbre Escarlata” la nueva película de Guillermo del Toro que me tenía una pinta espléndida y que me fascinaba con sus trajes, el contraste de colores con todos esos tonos oscuros en los que de repente hay azules brillantes o rojos intensos, los paisajes… vaya que la dirección de fotografía, podría decirse, era tan espectacular que yo no dejaba de pensar en ver esa nieve llena de sangre, esa Cumbre Escarlata.

‘La Cumbre Escarlata’ técnicamente no defrauda y aunque su guión es bastante predecible, tiene algunas sorpresas y tantolas actuaciones de los actores como el ritmo son buenos, de modo que tanto “hype” por este filme no terminó siendo algo malo, no me llevé ningún chasco por tener expectativas altas y aunque no sea algo que me emocione como lo hace ‘The Strain‘ me lo pasé bien en el cine.

En ‘La Cumbre Escarlata’ tenemos una historia en la que,  a pesar de estar Guillermo del Toro, no hay monstruos, al menos en el sentido de ogros o faunos, aunque sí hay fantasmas pero, sobre todo, hay humanos terroríficos, humanos con un monstruo en su interior que no deja de crecer, como el de Johan en el “Monster” de Naoki Urasawa.

Después de unos cuantos minutos en Estados Unidos, con un tira y afloja entre dos personajes, con algunas escenas fantasmales proféticas y con unos planos muy cuidados, el resto de la película se da en una mansión antigua, aislada, con secretos de crímenes pasados, con espectros sufriendo y con la vida de la protagonista en vilo. Lo que ocurre en la Cumbre Escarlata es espeluznante, pero bonito y todo está repleto de sangre de un modo u otro, sin que lleguen a verse carnicerías demasiado exageradas ya que… algo hay, pero es más el terror psicólogico el que pesa que el de casquería.

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The Strain y el divorcio entre serie y novelas

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En los últimos meses, durante todo ese periodo en que este blog, como Drácula, dormía profundamente muy a mi pesar, han ocurrido decenas de cosas que me hubiera encantado relatar, pero por aquello de la continuidad, retomaré uno de los últimos vicios confesados: la obra de vampiros de Guillermo del Toro y su amigo Chuck Hogan.

Semana tras semana, antes del tercer viaje a la capital de Japón, en casa fuimos engullendo los capítulos de la segunda temporada y bailando con el anuncio de la renovación por parte de la cadena, para la emisión de la tercera (y última) el próximo año. Como tenía reciente la lectura de la segunda y tercera novelas, recordaba a las mil maravillas todo lo que ocurría con Setrakiam, el alemán loco, el Amo y el resto de personajes por lo que me sorprendió bastante cómo cada vez se iba desligando más la serie de acción real del original en que se basa y no diré aquello de “es mejor el libro” (o los libros, en este caso) ya que me lo tomo como cosas diferentes igualmente buenas en las que tenemos detrás al creador en ambas, que no es que sea una adaptación hecha por otro interpretándolo como buenamente quiera, sino que es el padre de la historia que ha decidido pegar unos cuantos giros.

La segunda temporada, aunque tiene bastante acción, es sobre todo un camino de preparación ante lo que será el desenlace en la próxima. Ha habido momentos álgidos y bastante potentes, pero también bastante calma en cuanto a la guerra entre humanos y vampiros, con formaciones de algunos bandos mientras conocíamos a algunos personajes nuevos como Ángel o un vampiro gladiador con muchísima clase. En su conjunto me ha gustado un montón, especialmente por ver la desesperación de algunos que se creían que estaban por encima de la posición que realmente ocupaban o por el cameo de Santiago Segura que tenía un papel pequeñito, pero muy divertido y agradecido.

El que no se parezca demasiado a las novelas y haya tomado un rumbo diferente, que sea una historia con elementos comunes y en la que se comparten personajes con un perfil psicológico similar, hace que me formule preguntas sobre lo que está por llegar y, de hecho, ya ocurría con esta temporada en la que sabía algunos detalles sobre el Occido Lumen o el Amo, pero no sobre temas del pasado bastante relevantes o pasajes completamente nuevos con mucha chicha en los que solía estar Fet, ese matarratas, ese discípulo del archienemigo del malo maloso, ese apasionado de las bombas al que a veces se le va un poquito de más la olla, especialmente si hay faldas por el medio, aunque no es el único que pierde la cabeza con las mujeres.

La crueldad y la tensión se juntan con momentos de estrategia o temores humanos para formar un cóctel delicioso. De momento, la serie ha quedado en un punto en el que se hace larga la espera, pero más tuvo que esperar el Amo para recuperar su fuerza y convertirse en terror de Manhattan que no deja de expandirse por el mundo.

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Luthierizada con retraso y anticipación, con fatídica casualidad y con pasión

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Conocí a Les Luthiers en 2006. Probablemente bastante tarde para ser una amante del teatro y tener ellos su grupo desde finales  de los 60, pero a veces me siento como si las cosas me evitaran. Como si tuviera una especie de impermeabilidad en el alma y no me llegase sólo con la de la piel a la hora de mojarme. Esta impermeabilidad haría que algunas cosas circulasen a mi alrededor sin llegar a tocarme y, aunque yo tratara de tocarlas a ellas, simplemente harían un remolino y sería imposible, hasta que llegara el momento adecuado. Es romántico pensar así, que si te pierdes algo bueno o tarda en llegar, en realidad siempre te rondaba, pero no sabías llegar a ello, algo evitaba que así fuera. Por ejemplo que justo se cruzara una persona delante del cartel que hubieras visto de no pasar por ahí en ese preciso instante, que vayas a mirar una página con programación o entradas de espectáculos de tu ciudad y que se vaya la luz cuando vas a llegar al de ellos… o tantas otras pequeñas casualidades, que, finalmente, tuvo que ser Moi el que me mostrara a estos grandes humoristas argentinos.

Nos pasamos medio verano viendo vídeos de Les Luthiers en distintos teatros, riéndonos con sus juegos de palabras, sus audaces chistes, sus interpretaciones y de las tonadillas con los instumentos que ellos mismos habían creado, como si fueran sus trabajos finales en un taller de pretecnología en los que tuvieran que aprender a reciclar y es que veía que no gastaban nada de más, ni una palabra mal ideada en sus textos, ni un mal gesto, todo sonrisas, todo genialidad, todo naturalidad en los escenarios.

Algunos años después, también en verano, y una vez ya abierta la caja de Pandora de conocer a este grupo al que nunca podría olvidar desde el mismo instante en que escuché cómo hablaban de su personaje “Mastropiero” o de su “Warren Sánchez” (pues no recuerdo qué fue primero, pero sí sé que la gallinita dijo Eureka), en casa de un amiguete y compañero periodista, descubrí el acabose: un fan con multitud de discos y material de Les Luthiers. Muchas de esas cosas de su colección tan solo las venden en sus giras y entonces tanto a mi conjunción astral como a mí se nos abrieron los ojos y le dijimos si veíamos algunos números. Él, como no podía ser menos, dijo que sí, a pesar de que había mucha más gente en aquella en ese lugar y muchos parecía que nunca iban a soltar el mando de la consola, pero en cuanto que los cinco Luthier comenzaron con su repertorio de situaciones ficticias relatadas de un modo tan ingenioso y divertido, todos formábamos un círculo alrededor del sofá y parecía que fuéramos todos uno, riendo.

Hace unas semanas, porque parece que casi todos mis grandes encuestros con Les Luthier se hayan dado en la estación más calurosa del año, se pusieron a la venta las entradas de su gira por España en 2016 y, por primera vez, cayeron dos, para que Moi y yo podamos disfrutar de ellos en directo, cumpliéndose 10 años de cuando abrí los ojos por ellos. Cabe decir que aunque acababan de ponerse a la venta sus entradas, éstas volaron y llegamos casi por los pelos y eso que todavía no había ocurrido la gran desgracia que ocurriría poco después, la pérdida eterna e irreparable de uno de sus miembros, de Daniel Rabinovich que sufría de problemas cardiovasculares desde hacía años y que ya nos ha dicho a todos adiós, pero encargándose primero de que sus compañeros sigan con su humor, haciéndonos reír a todos, incluso cuando tengamos ganas de llorar y en parte por él.

Como homenaje a este Luthier y con amor a todos los demás, ha regresado la época de verlos y escucharlos, de reír y decir sus chistes en voz alta, para reír de nuevo y, como esto de compartir las risas es algo precioso, os dejo con uno de los momentos más grandes de Daniel:

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