En las páginas de ‘Una serie de catastróficas desdichas’

Una serie de catastróficas desdichas

Estos días, durante los escasos ratos libres, he estado leyendo una saga de libros a la que tenía ganas desde hacía bastante tiempo. Ganas que se potenciaron al ver la primera temporada de cierta serie de Netflix completamente atrapadora, turbia, divertida e inteligente. Dicha primera temporada comprendía la adaptación de los cuatro primeros libros de Una serie de catastróficas desdichas. Las novelas son 13 en total y si bien enganchan de lo lindo, a partir de la octava se pega un giro demasiado brusco, los personajes dejan de molar tanto y se convierte todo más en algo bastante típico de aventuras donde, de vez en cuando sigue habiendo comentarios brillantes o el autor (que se introduce dentro del libro como un personaje llamado Lemony Snicket, el mismo con el que firma mediante pseudónimo su obra) suelta alguno de sus ácidos comentarios, define alguna palabra de manera graciosa o rellena pasajes con esos métodos que tan bien le han estado funcionando en toda la saga y gracias a los cuales uno se dice al leer: sigues por aquí, ¿ahora por qué no haces que esto mole tanto como en los primeros libros?

La serie de televisión de Una serie de catastróficas desdichas no sólo adaptaba a la perfección esos libros en que se basó para la primera temporada, sino que los mejoraba con creces al añadir más escenas y diálogos desternillantes y que daban más fuerza aún a la historia de los Baudelaire, por ello, me gustaría pensar que una vez que en los libros se pierde tanto el rumbo, la serie seguirá brillando con esa luz propia. Sería como ocurrió con Death Note, que a partir de cierto momento el manga pegaba un bajón impresionante y casi costaba leerse los últimos tomos, pero la adaptación al anime aceleró esa parte haciéndola más llevadera e interesante.

Anticipado todo esto y para quien no sepa de qué trata Una serie de catastróficas desdichas tan solo diré, sin profundizar para no destripar nada, que todo comienza cuando los tres niños Baudelaire están en la playa durante un día nublado (sus favoritos, porque así no hay nadie) y allí reciben la noticia de que sus padres han muerto en un incendio. A partir de ahí comenzarán sus viajes por distintos lugares para tratar de salir adelante y ya, su primer destino será la casa de su pariente más cercano. El más cercano en distancia desde su casa. El Conde Olaf. Él se convertirá en su archienemigo y se trata de mi personaje favorito por sus mil y una salidas, sus disfraces y por el chiste continuo que se traen en todo momento todos con no enterarse ni del nodo y pasar de las cosas que los tres huérfanos Baudelaire dicen.

En la historia hay decenas de situaciones humorísticas, muchos malentendidos y una estructura bastante clara en la que el autor nos habla directamente a los lectores (como si se saltara la cuarta pared en el cine, a lo Woody Allen) para explicarnos términos o expresiones de un modo bastante enredado en ocasiones.

Sin duda es una pena que los últimos libros perdieran fuelle y que se pasara a un estilo aventurero completamente diferente a lo mostrado antes, cambiando incluso hasta el extremo la manera de ser y pensar de los personajes, pero siempre quedarán esas tres habilidades únicas de Violet, Klaus y Sunny, y que juntas los convierten en imbatibles (inventar cosas, realizar labores de investigación por tener un amplio bagaje leyendo y tener unos dientes prodigiosos con los que roer, destrozar o moldear cualquier tipo de objeto duro).

Un serie de catastróficas desdichas es una historia formada por 13 libros, de 13 capítulos cada uno de ellos, menos por el epílogo final del último de ellos, llamado “El fin”. Así dan 170 episodios con las desdichas que estos tres huérfanos vivieron ya que les fueron sucediendo cosas malas de manera encadenada. Ya dicen que las desgracias nunca llegan solas, pero en el caso de los Baudelaire, lo suyo ya es exagerado y, por ello, bastante divertido e interesante, porque sabemos que de un modo u otro irán saliendo de cada nueva adversidad por sí mismos, sin la ayuda de esos adultos que por una razón u otra nunca terminan por ayudarlos.